Maldita ciudad. Esto se parece a una pajarera. Vivir en una metrópolis tiene sus cosas buenas, pero el ahogo y la asfixia de los edificios me irritan. Aquella tarde hacía un calor insoportable, salir de las oficinas, donde los aires sumían todo en un gélido y placentero ambiente, para caminar a tomar el transporte  por la calle fue brutal. La humedad y la alta temperatura hacían que el pavimento y el cemento irradiasen calor, quemándote desde todos los flancos. Cuatro cuadras después tenía la camisa adherida al cuerpo. Ni hablar de la experiencia en el transporte público.

Decidí tomar una ducha, era la primera vez que hacía tanto calor desde que vine a trabajar a la ciudad, hace dos meses. Me  sumergí en una lluvia de agua fría, bajando la cabeza y dejando que las gotas de agua me empapasen la nuca. El ambiente del baño estaba mohoso, húmedo, denso. Miré hacia arriba y vi que la ventanilla de ventilación estaba cerrada. Era demasiado alta para abrirla, ni siquiera en puntas de pie llegaba. Busque un banquito, lo puse en la ducha, me paré sobre él y comencé a forcejear con la henchida madera del marco, que imposibilitaba una normal apertura. Luego de unos empujones logré abrirla… y ahí la vi.

El edificio donde vivo, visto de arriba tiene forma de “c”, son dos torres de apartamentos unidas en un extremo por un pasillo donde está el ascensor. Un piso más abajo, pero en los departamentos frente a los míos estaba ella bañándose. El ángulo de visión que me proporcionaba el lugar desde donde estaba me regalaba una vista perfecta de ella bajo la ducha. La veía de atrás, era una mujer increíble, de unas curvas torneadas, un pelo rubio y largo que le cubría toda la espalda. Mientras la miraba desorbitado se dio vuelta, para enjuagarse el shampoo, entonces bruscamente me oculté, casi resbalando. Abandone mi posición de espía y continué con mi baño.

La mañana siguiente arrancó con mi ducha rutinaria. Dude unos segundos, luego me subí nuevamente a la ventana, pero no estaba. Salí a tiempo como siempre, llegue al trabajo, pasé la rutina diaria y a la misma hora de siempre volví a casa. Nunca me baño cuando llego, pero un instinto salvaje me llevó a abrir la ventanilla de la ducha y nuevamente dudar si subir o no al banco. Lo hice y ahí estaba ella.

Estaba toda mojada, su pelo rubio adherido al cuerpo, su piel resplandeciente. Gozaba del agua mientras caía en su pecho. La excitación comenzó a llegarme, poco a poco se me empezó a erguir. Entonces se dio media vuelta y esta vez solamente disimulé mi lugar, sin dejar de mirarla. De frente era un sueño. Dos pechos parados y redondos decoraban la delantera de aquella mujer. Tenía una quijada cuadrada y prominente, donde se trazaban dos labios pulposos. Me excita de sobre manera las mujeres que tienen la pera bien marcada. Cerré los ojos y me imaginé el placer que sería que esa pera me rozara las partes bajas, mientras esa boca engullía mi pequeño pene hasta el fondo. Tomó el jabón y comenzó a pasarlo por su cuerpo, por sus pechos, sus axilas, su abdomen. Mi virilidad ya estaba como un fierro… ardiente, latente y en punta. Comencé a juguetear con el mientras no dejaba de mirarla. Todo pasaba en cámara lenta, sus manos recorrían su cuerpo, parecía disfrutar de una manera promiscua el agua que la bañaba. Sentía el miembro ardiente en mis manos, mientras me lo frotaba salvajemente. Nuevamente se dio vuelta para enjuagarse y al ver su trasero, turgente, mojado, tan apetecible como una manzana, estallé de placer, decorando todos los azulejos de la ducha como en mis mejores épocas de imberbe.

Al otro día no pude dejar de pensar en llegar a mi apartamento. Laboralmente fue una jornada perdida, pero no podía dejar de pensar en ella. Llegue antes de lo normal, debo reconocer que doblé el paso en la caminata de la oficina al bus y del bus al apartamento. Abrí la ducha, me metí, subí al banco, que estaba en el lugar, y miré. Esta vez no estaba. Me quedé un rato, miré la hora, eran varios minutos previos a lo habitual. Luego de una eternidad, en donde mi mundo se abstraía a la ventanilla, apareció nuevamente.

Abrió la ventanilla y comenzó a probar la temperatura de la ducha, un primer golpe de agua fría en sus manos produjo escalofríos en todo su cuerpo. Sus pezones se pusieron duros y en punta. Mi mano ya estaba sobando mis partes íntimas. Entró a la ducha para dejar que el agua la abrazase por completo. Yo ni siquiera pestañaba, consumía con una codicia absoluta aquel acto, donde ella profesaba una lujuria demencial. Levantó sus manos, para dejar que el agua la mojase mejor. Esa piel, esos hombros, esos pechos, ese cuello tenso, esa juventud y sensualidad me hacían enloquecer de placer. No sé si fueron mis fantasías, pero juro que vi su lengua saborear el agua, como saboreando mis besos, como. Sus manos continuaban en un pecaminoso masajeo corporal, mientras mi temperatura ascendía velozmente. Agarró el jabón… este era el momento más esperado por mí. Comenzó a frotarlo por su rostro, para luego bajar a la parte que más me enloquecía, su pecho. Cada vez que bajaba desde su cuello hasta su ombligo, sus pechos rebotaban libremente, se mecían, bailaban… y yo solo imaginaba como sería tenerla montando sobre mí. Cuando el jabón bajó hacia su entrepierna, empapada, con un fino bello que absorbía el agua que corría, un estremecimiento total se abalanzó sobre mí. Hacía rato que mi mano lustraba mi bastón furiosamente. Era tanta mi excitación y erección que no logre contenerme y llegué al orgasmo. Sin dejar de mirarla dio media vuelta, con la cabeza hacia arriba, nuevamente levantando los brazos y dejando al descubierto esa gloriosa cintura, tatuada con un tribal. Instantáneamente  me puse erecto y sin dejar de frotarme continué con mi ritual. El segundo orgasmo fue menos furtivo y me dejo exhausto.

Quería más, todo el tiempo, todos los días. Mi realidad se había resumido en los minutos en los que la espiaba. Todo el tiempo amagaba en conocerla, ir hasta su puerta, golpear e invitarla a salir. ¡Siempre fui tan tímido con las mujeres! ¿Y si me decía que no? ¿Y si me preguntaba de dónde la conocía? ¿Le iba a contar que era un voyerista morboso? ¿Y si pensaba que era un degenerado? No… eran demasiadas dudas y no me daba miedo que me dijera que no, como tantas mujeres en mi vida, sino que me coartase la posibilidad de continuar espiándola. Eso me aterraba.

La esperaba ansioso cada tarde y ella no fallaba, era puntual y su ducha una rutina que ambos disfrutábamos con placer. Verla enjabonarse, ver todo esa espesa espuma blanca que la cubría, como un baño de semen de mi duro y latente miembro sexual, observar la perfección de esos senos grandes pero tiesos, ese cuello largo, esa espalda curvada, ver el agua correr por su cuerpo y detener la velocidad en su concha, tan carnosa, tan tierna. Imaginarme introduciendo mi lengua hasta hacerla enloquecer de placer, con sus ojos blancos perdidos en un orgasmo, aferrada a las sábanas, suplicando que siga. Luego se daba vueltas y mi cabeza daba vueltas también. Ese pelo, esa espalda, esa manzana que tenía por cola. Aún con sus piernas cerradas podía ver desde atrás su vagina, como una semilla donde yo soñaba enterrar con mi pequeño pene, explorarla, penetrarla hasta lo más profundo de su ser. La veía abrir su boca, disfrutando el agua, limpiando todo su cuerpo con el jabón,  esparciendo el shampoo y el enjuague en sus manos, para luego masajearse el pelo, yo imaginaba mi voto en sus manos y ella chupándose los dedos, mirándome mientras se tragaba todo mi ser.

Percibí que estaba enloqueciendo, ya no trabajaba bien, no hacía nada sin pensar en ella, en llegar a mi casa para poder espiarla, para poder tocarme, para poder disfrutarla a pleno. Varias veces la esperé en los pasillos, o en el ascensor, con ánimos de poder hablarle, pero siempre me asustaba a último momento.

Esa tarde tardó más de lo habitual en llegar, yo estaba desesperado. Ya me había masturbado una vez por pensarla, por esperarla, soñando con lo que sería tenerla mojada en mi cama, bañada en jabón, resbalosa entre mis manos, chupándonos todo, mordiéndola, haciéndole saber con el vigor de mis embestidas lo que esperaba este momento. Viendo los gemidos de placer en su rostro, frotándose mi pequeño pero hermoso pene  por todo su cuerpo como hacía ella con el jabón. Entonces llegó, hizo el examen de temperatura habitual, sus pezones marcaron el calor justo e ingresó en la bañera. Algo extraño había en sus movimientos, en su accionar. Se mojó toda como siempre, dio media vuelta, apoyó su espalda contra la pared, dejando todo el esplendor de sus pechos para mí y comenzó a frotarse toda, sensualmente, suave… pero esta vez sin jabón. Sus manos pasaron por sus senos, sus pezones estaba parados y tiesos, luego se tocó la panza, lentamente repasó su ombligo con el índice, al tiempo que se mordía el labio inferior, sin siquiera abrir los ojos. El agua caía sobre su cuerpo, dejando su piel brillante ante mí, como un cuadro mágico y reluciente. Entonces bajó lentamente, primero frotó su vulva, tierna, mojada, con esos vellos tan sensuales. Con el pulgar y el dedo medio abrió sus labios e introdujo el índice hacia su clítoris, para masajearlo ávidamente. Esta vez se mordió el labio con más fuerza, su pecho se retorcía de placer, levantó una de las piernas para dejar entrar dos de sus delicados dedos. Mi miembro estaba a tope, como un dragón furioso, yo no paraba de masturbarme desquiciadamente.

Ahora eran tres los dedos que utilizaba, mientras dos de su otra mano estaban en su boca, siendo lamidos con avaricia. Sus suspiros la hacían vibrar y un movimiento inconsciente de cadera simulaba un coito majestuoso, bamboleándose contra sus dedos como una odalisca. Yo con una mano me masturbaba frenéticamente y con otra me tocaba entero, soñando que fuese ella la dueña de mis manos. Eyaculé y sin siquiera sentirlo seguí acariciándome, como un animal, de una manera rabiosa y activa. Desde mi ventana se sentían los gemidos de ella, que se relamía de placer mientras se acariciaba de una manera explosiva.

Entonces de pronto sucedió… en el instante que yo acababa por tercera vez ella se estremeció de placer. Un grito agudo fue el epílogo de su maravillosa masturbación, pero justo antes de terminar de gemir abrió sus ojos… enormes, amarillos, como dos soles, voraces y zozobrantes, promiscuos y sensuales y los fijó en mí. No miró el techo, no miró la ducha, no miró el piso… me miró directamente a mí, a mis ojos, a mi lugar, a mi escondite… ella sabía que estaba ahí y yo sabía que se había tocado para mí.

Como un idiota, este hecho me sorprendió de sobre manera, al punto que la exaltación me hizo caer del banco, terminando de acabar en el piso del baño, de costado y con dolor en la pierna. Ella me conocía, ella sabía de mí, era ahora o nunca… ¡tenía que conocerla!

Me vestí con lo primero que agarré, y empapado salí corriendo por los pasillos del edificio, bajé las escaleras hasta el piso de ella y llegué hasta su puerta. Golpee una vez… dos, mil. Nadie salió. Comencé a pedir que me abriera, a pedir por favor, que necesitaba hablar con ella. Seguí golpeando sin parar, mis súplicas se transformaron en gritos, estaba desesperado, ella había pasado a ser la razón de mí existir y se lo tenía que decir. De solo imaginarla nuevamente tuve una erección, mientras la desesperación de que me abriera la puerta me incendiaba.

Pasaron varios minutos, hasta que una vecina salió de su departamento…

– ¿Qué busca joven?

– A la joven de este departamento, tengo que hablar con ella urgente.

– ¿Qué joven?

– La joven rubia, de ojos medios amarillos.

– Querido, en ese departamento no vive nadie.

– Está equivocada señora, yo conozco a la joven.

– La joven de la que hablas debe haber sido la última inquilina, acá hace más de diez años que no vive nadie, está desocupado…

Una sensación desesperante me atrapó, esa vieja no tenía razón. Perdí el control totalmente y de un par de patadas destrocé la puerta, al tiempo que la mujer gritaba desesperada. Entré al departamento esquivando astillas de madera… no había nada. No había nadie, estaba desocupado, vacío, abandonado, oscuro y decadente. Caminé por las piezas, fui a la cocina, y marché derecho hacia el baño. Abandonado… completamente abandonado. El ambiente demostraba que hacía años que no lo habitaba nadie. Desconsolado y desconcertado salí caminando, lentamente. Al llegar al destrozado marco de la puerta sentí unas gotas de agua caer desde la ducha, iguales a las que caen minutos después de bañarte. Corrí nuevamente hacia el baño, pero no… ella no estaba, solamente habían unas gotas mojando el piso de la tina.

Nunca más la volvía a ver, solo observaba un baño abandonado, solitario, gris, seco y vacío. Mi vida poco a poco se fue apagando, oscureciendo… hasta que entró en mis sueños.

Sybarite
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